Tenemos
presente que una industria no puede sostenerse si se produce en masa y no se
venden grandes cantidades, la cadena de abuso se rompería si las personas tomáramos
conciencia del verdadero precio a pagar por la ropa que vestimos o los aparatos
que utilizamos.
Si
nosotros como consumidores dejáramos de consumir tantos productos que muchas de
las veces son innecesarios, las
industrias antes nombradas no tendrían la necesidad de producir en masa. Por lo
tanto la explotación laboral se la dejaría de lado, claro está que no sería en
su totalidad, pero es obvio que si se reduciría en grandes porcentajes.
Lastimosamente
estamos sumidos en un mundo MODERNO, se nos han impuesto miles y miles de
estereotipos impulsados a través de los medios comunicacionales, es posible
decir que resulta imposible salir de este sistema que nos obliga a tratar de
parecernos constantemente a las súper potencias.
“Denominamos a esta visión “eurocéntrica”
porque indica como punto de partida de la “Modernidad” fenómenos intra-europeos,
y el desarrollo posterior no necesita más que Europa para explicar el proceso”.
(Dussel, E.s.f. Europa, modernidad y
eurocentrismo, p.46)
Y es
que la modernidad es más que una etapa histórica, es una manera de entender el
mundo, se ha implantado a Europa y a las grandes potencias como referentes de
desarrollo mundial, los países tercermundistas han sido prácticamente obligados
a seguir un referente de desarrollo unilineal, por lo que el consumismo estará
presente en nuestras vidas, como parte esencial de nuestra cultura.
Se
ha generado un sentimiento de culpabilidad por no parecernos a las grandes
potencias, sometiéndonos a repetitivos intentos por conseguirlo y para lograrlo es necesario invertir en
productos o cosas que nos garanticen que nosotros como “periferia” al menos nos
pareceremos un poco al “centro” del mundo.
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